Guerra Ideológica Total y contraofensiva católica

Por: Juan Carlos Monedero (h), Autor del libro: Lenguaje, Ideología y Poder, Argentina. | jcmonedero.com

“La influencia de la izquierda sobre la cultura y sobre las palabras es tal, que la mayoría de los hombres no se dan cuenta del intento de someterlos a un control político a través de ellas”. – Alberto Boixadós, Política en la cultura de masas. Editorial Areté, Buenos Aires, 1983.

Es increíble cómo un libro que tiene más de 35 años, y no más de 110 páginas, puede ser tan profético.

En efecto, desde las páginas de Política en la cultura de masas, el argentino Boixadós ya alertaba –hace más de 35 años– sobre las estrategias psicopolíticas de la izquierda. Por supuesto, hoy en día la izquierda no solamente propaga ideas de orden social-político y económico sino, también y sobre todo, de orden principalmente cultural. Y a esto llamamos progresismo.

Así, lo que hoy es para usted “el pan de cada día” (educación sexual, ideología de género, abortismo, legalización de las drogas, eutanasia, promoción de la promiscuidad, pansexualismo, etc.) fue previsto y denunciado por intelectuales notables –no sólo en la Argentina sino en todas partes del mundo– y ya es hora de que incorporemos estas profundas enseñanzas.

La influencia no sólo recae sobre la cultura sino, dice el autor, sobre las palabras, que en última instancia no son otra cosa que signos. El vocablo es un signo del pensamiento que la persona tiene en su mente sobre alguna cosa. ¿Y cómo ha permeado la izquierda progresista el lenguaje? Los periodistas, intelectuales, famosos, deportistas, políticos, han adoptado una forma de hablar fuertemente cargada de ideología: moderno, amplio, abierto, democrático, popular, mayoritario, hoy son adjetivos con los que se puede bautizar cualquier idea, y con eso “es suficiente” para que sea aceptada. Los mal llamados matrimonios homosexuales son propuestas modernas, por tanto no pueden ser cuestionadas. La gente acepta la palabra “moderno” como valor positivo, y luego se traga que dos personas con conducta homosexual adopten niños. Esto es el vocabulario de la izquierda: todo lo moderno es bueno, todo lo antiguo es malo. Ya no hace falta tomarse la molestia de fundamentar intelectualmente las propuestas. Basta con adjetivar cualquier barbaridad como “moderna”, y las masas aplaudirán como focas.

Lo mismo pasa con otros términos como propuestas amplias, pensamiento abierto, prácticas democráticas, ideas populares o convicciones mayoritarias. Las cosas ya no son buenas o malas por su relación con una justicia objetiva; la misma categoría de “bien y mal” está caduca: algo es bueno si expresa la convicción de la mayoría. No hay ningún tema que pueda escapar a las reglas de la democracia: ¿aborto sí o no? Que decida la mayoría. ¿Legalizamos la droga? Veamos qué dicen los dos tercios de la cámara de Senadores y Diputados. ¿Habilitamos la eutanasia? Veamos qué piensa el pueblo. Un pueblo que, por otra parte, está absolutamente manipulado por los dueños de los medios masivos de comunicación.

Las propuestas políticas y culturales dejan de ser juzgadas en términos de verdad-falsedad o justicia-injusticia, pasando a ser examinadas bajo otra óptica: abierto-cerrado, moderno-antiguo, democrático-autoritario, etc. Un nuevo lenguaje donde predomina el cambio sin esencia, afín a la filosofía marxista.

En la vereda opuesta, una cantidad no despreciable de personas que suscriben la derecha liberal y el liberalismo conservador no han dejado de protestar y objetar cada una de las propuestas de la izquierda progre. Pero sus reacciones casi siempre son superficiales, alcanzando a las consecuencias y no a las causas: olvidan que el liberalismo es el “padre ideológico” del marxismo, y que hay ocultas pero reales afinidades entre ambas ideologías modernas. La guerra ideológica total declarada por la izquierda progre –y, ahora, diabólicamente globalista– sólo puede ser enfrentada por una cosmovisión completa y trascendente, por quienes crean en la Victoria Final del Bien sobre el mal, más allá de las esperanzas humanas.

Cuando las perspectivas de éxito mundano ante la izquierda tambalean, los liberales, conservadores y derechistas abandonan el ring del combate: y quedan sólo los que han fijado su mirada en Cristo Crucificado, Vencido y misteriosamente Vencedor en la Cruz. Este sector constituye el último pelotón que –unido místicamente a los guerreros que en todos los tiempos han luchado por la Justicia– resistirá y contraatacará sin medir las fuerzas en juego, porque lo animan los ideales de Dios, Patria y Familia. Estos cristianos pelearán sin tregua, sin concesiones de ningún tipo y sin esperanza humana de Victoria; lucharán hasta el fin, al igual que Nuestro Señor –en la Última Cena– habló de amar a sus discípulos hasta el fin.

Dios nos dé la gracia de formar parte de este pelotón cuando, en la arena de combate, se empiecen a escuchar los clarines de la guerra.

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